martes, 11 de noviembre de 2014
miércoles, 15 de enero de 2014
El Metro y los Alimentos - Agustín López Munguía
El
diputado estuvo de acuerdo: se cambiaría el nombre de la estación Polanco del
Metro por estación Pasteur. No encontraba inconveniente: además de que en esa
colonia hay una estatua del científico, no habría oposición por parte de los
escasos habitantes que le quedan: está casi convertida en centro comercial.
No tuve
que argumentar mucho para convencerlo de honrar así la memoria del científico
francés, conocido por haber descubierto la vacuna contra la rabia, pero también
por habernos abierto los ojos a un nuevo mundo, no lejano, no del otro lado de
algún océano, sino entre nosotros: el de los microbios.
Le dije
que gracias a la obra de Pasteur se inició a mediados del siglo XIX una
ciencia: la microbiología, y con ella, el descubrimiento de células con vida
propia en un mundo microscópico. Un mundo minúsculo que convive entre nosotros,
y que descubriríamos con tan sólo echar una mirada con microscopio al tubo del
que se sostienen todos los que van parados en este vagón. Ese tubo, y el suelo,
el aire, la tierra, los mares, en fin, todo lo que nos rodea, está poblado por
millones de estas especies. Al oír esto, el diputado dijo que para eliminar
bacterias, hongos, levaduras y demás bichitos había que lavarse muy bien las
manos.
Hoy se
sabe que algunos microorganismos aparecieron en la Tierra antes que nadie: los
llamados arquea. Se conocen poco, pues habitan en ambientes extremos: muy altas
temperaturas y presiones.
— ¿Más
altas que las del Metro? —preguntó el diputado.
—Mucho más
—le contesté—, como las que hay en las chimeneas termales que surgen del fondo
del mar, en los llamados géiseres o en los volcanes.
Y continué
con la justificación.
—A otros
los conocemos mejor, pues son en parte responsables de la inseguridad que
vivimos en el país: si nos descuidamos atentan contra nuestra vida, como por
ejemplo las bacterias patógenas, responsables de infecciones y enfermedades
como la peste, el ántrax, el cólera o la salmonelosis. Otras, por el contrario,
nos ayudan a sobrevivir en la tierra como las bacterias que trabajan en
nuestros intestinos ayudándonos en la digestión. ¿Sabía usted, diputado, que
hay más bacterias en nuestros intestinos que células en todo el cuerpo? Las que
limpian el agua y degradan la basura orgánica y, desde luego, las bacterias y
hongos que se emplean para producir medicamentos tan importantes como los
antibióticos. Finalmente otros microorganismos traen placer a nuestra
existencia, como las levaduras que descubrió Pasteur, que hacen el milagro
cotidiano de transformar el jugo de uva en vino o el extracto de cebada en
cerveza, sin olvidar a las que desde hace miles de años, en el antiguo Egipto,
iniciaron el diario trabajo de fermentar la masa de trigo para producir pan. La
humanidad debe vivir agradecida con todas las levaduras y bacterias que, como
descubrió Pasteur, transforman el azúcar en alcohol y el grano en pan.
Así, para
honrar este extraordinario fenómeno conocido como fermentación alcohólica, en
mis funciones de miembro de la Comisión Encargada de Ponerle Nombre a las
Estaciones (Cepone) hice otra propuesta al diputado, que a estas alturas se
había sentado junto a mí: que la estación Mixcoac, nombrada así en honor del
Señor de la Caza y de la Guerra, se cambiara por estación Mayahuel, en honor de
la lunar Señora del Pulque, resultado de la fermentación del aguamiel del
maguey. Se nombra fermentado al producto resultante de la acción de los
bichitos.
—¿Fermentado?
¿Cómo el tepache de la piña? —me preguntó el diputado, enderezándose en su
asiento con el dulce recuerdo—. Y, ¿qué tal estación Tepachitlán?
No le
contesté, sumido en mi reflexión. No alcanzarían las estaciones del metro para
honrar a todos los dioses de la Antigüedad relacionados de alguna manera con
las fermentaciones, a los productos de la fermentación o a los científicos
modernos que han domesticado a los microorganismos para ponerlos a nuestro
servicio e, incluso, han controlado a los más peligrosos para que no nos causen
daño. Pensé que, en este sentido, la estación Valle Gómez tiene un icono
hermoso: una planta de agave.
Hice
entonces una contrapropuesta.
— ¿Qué tal
cambiar la estación Valle Gómez por algo así como estación Tequila o estación
Agave? —Y fui más lejos. Le propuse involucrar a las empresas y privatizar la
estación para que se llamara estación Sauza, Cuervo o Herradura, todo en honor
de una planta que, gracias a la acción de las levaduras sobre el jugo de sus
piñas, ha dado renombre internacional al país, y a nosotros nos ha hecho tan
machos.
El
ciudadano diputado y presidente de la Cepone, murmuró:
—Estás
como loco.
Y es que
aquella mañana había tomado el Metro desde la estación Universidad, ubicada en
la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), donde se gestó la idea de
éste y otros textos, como se han gestado muchas de las grandes ideas científicas
y culturales que han transformado a nuestro país. El objetivo era escribir
sobre la biotecnología y los alimentos resultados de los más recientes avances
de la ciencia y la tecnología, en particular los relacionados con la ingeniería
genética. Para inspirarme, decidí dirigirme a cualquier estación del Metro que
llevara por nombre algo asociado con la ciencia y que no fuera Observatorio,
pues además de que me quedaba lejos, no era momento para mirar estrellas. Tardé
un tramo de la línea 3 en darme cuenta de una perturbadora noticia: he tomado
el Metro cientos de veces sin caer en la cuenta de que no existe una sola
estación que honre a algún científico, ya no digamos mexicano, ni siquiera
internacional. No existen las estaciones Darwin, Galileo, Newton ni Pitágoras.
Dejando de lado a los héroes que nos dieron patria, sólo encontré políticos,
generales, abogados, santos, santas y un par de poetas (sin incluir a Octavio
Paz).
Fue en ese
momento cuando escuché la voz del diputado por primera vez. Me dijo:
— ¿Y qué
hay con la estación Eduardo Molina, ingeniero mexicano que abordó el problema
del agua y del subsuelo en la capital; o qué con la estación Miguel Ángel de
Quevedo, el Apóstol del Árbol? —estación que había quedado atrás hace rato en
mi recorrido, al igual que muchos de los esfuerzos de ese personaje y de otros
ilustres ecólogos por la preservación de la flora del país, en particular de
los árboles de la capital.
Tuve que
confesar al diputado que, si bien era un merecido reconocimiento, no estaba ni
cercano a lo que yo planteaba. De hecho, la frustración de no poder inspirarme
como deseaba me había hecho cerrar los ojos y recargar la cabeza en la
ventanilla, dejándola libre de movimiento. Después de unos minutos de rebotes,
y de aspirar los extraños olores del vagón, entré en esto que denominan estado
de conciencia alterada, es decir, entre que estaba y no estaba.
Y en este
estado de ensoñación conocí al diputado, que sin más preámbulos me invitó a
formar parte de la mencionada Cepone, presidida por él. La invitación no me
extrañó: todos los días me invitan a formar parte de comisiones en el mundo de
la ciencia y la tecnología, algunas de ellas muy extrañas y aburridas. Sin
embargo, ésta me resultaba de sumo interés: tenía como objetivo promover la
ciencia en el Metro, y de paso a los científicos, a través del nombre de las
estaciones. Curiosa coincidencia. El problema es que todas ya tenían uno.
El
diputado que, cosa rara, hablaba poco, sugería cambios que la población
recibiera con beneplácito. Lo paradójico fue que él mismo propusiera un cambio
para la estación Niños Héroes, ante las dudas acerca de la veracidad de la
legendaria historia que los rodeaba. Dijo no tener una opinión propia al
respecto, pero que se le había ocurrido sólo al pasar en ese momento por ahí.
—¿Qué tal
estación Fleming? —propuse.
—¿Cómo
crees? —contestó molesto—. No hay nombres de extranjeros en el transporte de la
capital.
—Entonces
estación Penicillium, en honor del hongo productor de penicilina que aisló
Alexander
Fleming en
1928—contrapropuse.
—¡Menos!
—me respondió—. Aquí nadie habla latín, y a mí todo lo que tiene que ver con la
peni me pone de nervios. Aunque
pensándolo bien —rectificó con una sonrisa dibujada en el rostro— podría ser
estación Penicilina, pues ese bendito medicamento me liberó de una penosa
enfermedad venérea. Y sí, la penicilina ha salvado y sigue salvando más vidas y
honores que los niños héroes —argumentó.
Además el
descubrimiento tiene el mérito de haber dado origen a la industria biotecnológica,
pues en la década de los cuarenta, durante la Segunda Guerra Mundial, fue
necesario producir en grandes cantidades la penicilina descubierta por Fleming
dos décadas atrás. Para ello se diseñaron grandes tanques fermentadores, con
capacidad para contener cientos de miles de litros de caldos de cultivo con
azúcar y otros nutrimentos, gracias a los cuales el hongo crecería y, al
hacerlo, produciría la milagrosa sustancia. Hasta ese entonces, las
fermentaciones se hacían fundamentalmente en jugos de frutas o en leche, como
es el caso del vino, el tepache o el yogurt.
—¿Sabes
qué? — preguntó el diputado en tono que no era de pregunta, por lo que dejé que
continuara—, es políticamente peligroso. Para evitar que los familiares de los
niños vayan a hacerme un plantón en San Lázaro, mejor usemos la estación
Escuadrón 201, que sea ésta la que ceda su nombre a la estación Penicilina.
Nada tonto
el diputado: las infecciones causaron más bajas en los primeros años de la
Primera Guerra Mundial que las balas. De hecho, hasta la fecha la penicilina ha
salvado más seres humanos que cualquier otro medicamento. Pero además, la
industria biotecnológica a la que dio origen produce hoy, mediante diversos
microorganismos creciendo en inmensos fermentadores, no sólo penicilina o bebidas
alcohólicas, también muchos otros antibióticos, vitaminas, vacunas, enzimas
como las de los detergentes biológicos, levaduras para panificación, vinagre,
gomas y muchas sustancias importantes para la medicina y la alimentación.
—Otra
opción es hacer pequeños cambios —sugerí—. Si ya no hay rastro en Ferrería,
podemos dejar el logotipo de la vaquita pero cambiarle de nombre por Oaxaca o
Chihuahua, no tanto por los estados sino por sus quesos, otro extraordinario
producto de la biotecnología —expliqué al diputado—. Para hacer queso del
bueno, además de la leche, es necesario sacrificar a las terneras para extraer
de uno de sus estómagos un menjurje que todos conocemos como cuajo.
—¿Pues
cuántos estómagos tienen?, —preguntó sorprendido.
—Cuatro, ¿no
ve que son rumiantes?, —le contesté. Y continué—. El cuajo es en realidad una
enzima, y las enzimas son proteínas que permiten que las reacciones químicas se
lleven a cabo rápidamente, es decir, actúan como catalizadores. Todos y cada
uno de los cambios químicos en las células, se llevan a cabo gracias a las
enzimas. Por ejemplo, las enzimas de nuestro estómago y páncreas desdoblan los
alimentos que consumimos hasta sus elementos más básicos para que podamos
asimilarlos y, a partir de éstos podamos, con otras enzimas de nuestras
células, construir todo lo que nuestro cuerpo requiere, incluida la energía
necesaria para poder entrar y salir de los vagones del Metro. Pero volviendo a
las terneras, la enzima que tienen en su cuarto estómago se conoce como quimosina
y con ella se logra que cuaje la leche, primera etapa en la producción de
queso.
—¡Ha de
haber muchas terneras como para hacer el queso de todas las quesadillas que se
consumen en un solo día en este país! —calculó sorprendido el diputado.
—Y no se le
olvide —añadí— que el queso es un alimento de consumo universal, por lo que
obviamente no alcanzan las terneras. Por esta razón desde hace décadas se
desarrollaron sustitutos, entre ellos el llamado cuajo microbiano, con enzimas
que se obtienen a partir del crecimiento de ciertos hongos y bacterias y que,
por lo mismo, son mucho más baratas y accesibles que el cuajo.
—¿Y qué
hay de nuevo en esto? —preguntó ya un tanto ansioso.
—¡Péreme!,
para allá voy. Sucede que desde principios de la década de 1990, gracias a la
ingeniería genética, se logró producir con una bacteria transgénica un cuajo
igual al que se extraía de la ternera. A esta bacteria se le introdujo en sus
genes el pedazo preciso de información de los genes de la vaca, lo requerido
para hacer la proteína del cuajo. Así, al crecer en un tanque, la bacteria se
encuentra con esta nueva orden genética, misma que obedece sin chistar, a pesar
de no ser vaca y para beneficio de nuestro paladar (y alivio de las mamás de
las terneras). Hoy, muchos aditivos y alimentos transformados industrialmente
se elaboran con enzimas transgénicas, como la glucosa, la fructosa y otros
edulcorantes, como el aspartame que encontramos en los refrescos de dieta, y
los productos derivados de almidones, como las ciclodextrinas, o de aceites,
emulsificantes, sustitutos de grasa y margarinas, por citar algunos ejemplos.
Dado el
poco interés del diputado en mi propuesta volví a mis reflexiones. Las
estaciones estaban invadidas por las cadenas de comida rápida, prototipo de la alimentación
extranjera; tratándose de alimentos, bien podría hacerse un esfuerzo de
carácter nacional que promoviera nuestra cultura alimentaria, la modernizara y protegiera
la dieta del mexicano. Ese esfuerzo debería incluir el uso de la ciencia para
nuestro beneficio. Como el asunto éste de los transgénicos, que tanto se ha
debatido. ¿Qué comer? Ésa era la gran pregunta.
—Ya hace
hambre —comentó el diputado, echándole un ojo a mi plano del Metro—. Mira, ¿qué
tal unos Chabacanos o unos Camarones? —preguntó con antojo, señalando el icono
de las estaciones correspondientes.
—Hace
mucho que en esa zona se acabaron los chabacanos y los camarones —le informé—.
Mejor regresemos a Salto del Agua y nos vamos a la Merced. Es la estación ideal
para hablar de alimentos.
Al llegar
constaté que la única forma de leer en esta zona del Metro es cuando el libro
está escrito en el techo, pues sólo los que van sentados tienen posibilidades
de mover las manos. Eso sí, el olor a moles, canela, orégano, pimienta y otras
especias se intercambia dentro del vagón con otros menos deseables. Recorrer la
Merced lo deja a uno con la sensación de que no hay suficiente población para comer
tanto y tan variado. Ojalá fuera así: la verdad es que hay más de
800
millones de seres humanos con hambre en el planeta, y siguen esperando una adecuada
distribución de los alimentos. Pero eso no es el único problema: además, ¿cómo
haremos para alimentar a las futuras generaciones, si la población no deja de
crecer? El asunto es de enormes dimensiones políticas y económicas, y de
ninguna manera será resuelto sólo con tecnología, aunque es un hecho que
tampoco podrá ser solucionado sin la contribución de la ciencia, y en
particular de la biotecnología. La necesidad es clara: en terrenos cada vez más
erosionados hay que producir más alimentos, sin agregar sustancias químicas
peligrosas para la salud (plaguicidas e incluso fertilizantes) y aprovechando
al mismo tiempo todo lo que sabemos sobre los requerimientos nutrimentales de
la población. Además, hay cada vez menos agua. Es ahí donde la biotecnología,
esa poderosa herramienta, puede ayudarnos.
Mientras
tanto, aprovechando la abundancia del momento, nos habíamos sentado a comer en
un puesto de tacos. Viendo masticar al diputado, me imaginé a las células de
los vegetales siendo modificadas por sus dientes, pues ahora se puede modificar
genéticamente todo tipo de célula. Es así como surgieron las plantas
transgénicas. La primera planta transgénica fue aprobada en 1996: un tomate al
que, con el cambio de un gen, se le retrasó la maduración para evitar las
pérdidas por descomposición temprana del producto (léase apachurramiento),
causa por la cual se pierde una buena parte de la producción de frutas (échenle
una visitada al tiradero atrás del mercado de la Merced). En 2004, más de 8
millones de campesinos sembraron cultivos transgénicos en todo el mundo, en más
de 80 millones de hectáreas. Por mucho, el principal productor es Estados Unidos,
seguido de Argentina, Canadá, Brasil, China y nueve países más.
—¿Qué
cultivos? —preguntó el diputado sin dejar de masticar.
—Fundamentalmente
la soya, el maíz, la colza y el algodón. La soya es el más exitoso: más de la
mitad de la soya que se consume en el mundo está modificada genéticamente,
contra sólo 9% del maíz. En el caso del algodón, único cultivo que se ha
sembrado con regularidad en México (aunque se empieza a sembrar también soya),
20% es transgénico. Muchas de estas plantas tienen ahora el gen de una bacteria
que les permite producir una proteína que impide que los insectos se la coman. Si
lo hacen mueren. Es el mismo efecto que antes se lograba con el
DDT y
otros insecticidas, pero a diferencia de los plaguicidas, la proteína con la
que ahora se defienden las plantas es totalmente segura para los seres humanos.
—¿Y a qué
saben los genes? —insistió el diputado, volteando a ver lo que quedaba de su
taco, como si los buscara entre el jitomate, la lechuga o el pedazo de
costilla.
—A nada
—contesté—, y tampoco pasa nada por comer genes. Siempre que comemos un
alimento, cualquiera que éste sea, ingerimos también sus genes: vacas,
chapulines, pescados o cuitlacoche. Incluso un beso muy intenso provoca que
comamos los genes de nuestra pareja.
—Es cierto
—continué— que hasta ahora el mayor beneficio inmediato de las modificaciones genéticas
lo tienen las compañías que desarrollan y venden estas semillas y los
herbicidas, aunque a la par se da también para el agricultor, que requiere
menos sustancias químicas venenosas, y en consecuencia para el ambiente y para
la salud del consumidor. En el caso del cultivo del algodón en México, para citar
un ejemplo cercano, los productores del norte han reducido al mínimo la
aplicación de los insecticidas usados contra los gusanos chupadores, como el
“rozado”, que prácticamente se había chupado la economía de los productores.
Además, al no ser atacados por insectos, los cereales son menos susceptibles a
la contaminación con toxinas de hongos, sobre todo durante el almacenamiento.
La fumonisina, producida por el hongo
Fusarium
verticilloides, se encuentra dentro de los más potentes agentes cancerígenos
descubiertos hasta la fecha. Así, con el vegetal transgénico, el consumidor está
protegido no sólo de los insecticidas, sino también de esos poderosos e
invisibles contaminantes de efectos a largo plazo que son las toxinas de
hongos.
Y seguí
con mi argumento.
—También
es importante señalar que los vegetales transgénicos desarrollados hasta la
fecha no son adecuados para todos los sistemas de producción. Por ejemplo, en
el sur de México, donde existen muchas razas de maíz, no sabemos aún qué efecto
puede producirse al llevar nuevas variedades genéticas. Esta diversidad genética
podría verse afectada por la cruza de genes silvestres y criollos con genes de
semillas modernas. Este aspecto ha sido descuidado por décadas: se siembran
híbridos en cualquier parte. Sin embargo, en la actualidad es tema de estudio
de muchos grupos. Pero es importante considerar que la misma tecnología
permitiría desarrollar variedades de maíz adecuadas para zonas áridas donde el
agua es muy escasa (un problema que se avecina no sólo en México, sino en todo
el mundo), maíces transgénicos resistentes a suelos salinos o a plagas
específicas de ciertas regiones del país, por no hablar de los enriquecidos con
nutrimentos básicos.
Mientras
más reflexionaba sobre el maíz, más duro le entraba el diputado a los tacos, y
yo con él.
El atracón
fue tan fuerte que regresamos al Metro a dormir la siesta.
—Por lo
pronto —concluía ante el adormecido diputado—, esperemos que en el Metro
existan más estaciones Politécnico, Tecnológico, UAM, Universidad o Instituto
Mexicano del Petróleo, es decir, referentes a instituciones públicas capaces de
desarrollar tecnología y productos que respondan a las necesidades de la
población. Vea, por ejemplo, lo que han hecho en el Instituto Suizo de
Tecnología: crearon un arroz transgénico rico en vitamina A, gracias a la
incorporación de dos genes provenientes de la planta del narciso y de una
bacteria. En el sur de Asia, 70% de los niños menores de cinco años sufre de
deficiencias en vitamina A y, en total, el problema afecta a más de 500
millones de seres humanos en 100 países, causando ceguera, cuando no la muerte.
Un abasto suficiente de vitamina A evitaría más de un millón de muertes de
niños, librando de la ceguera a otros tantos miles. Este arroz, desarrollado en
una institución pública, contribuye a la solución de un grave problema de salud
entre los más desfavorecidos, aquéllos cuyo único alimento es un plato de
arroz. ¿Usted cree que no necesitamos eso en México? ¿Qué va a hacer la Cepone?
Vaya, ¿qué va a hacer el Congreso y el país en favor de la ciencia y de sus
instituciones públicas? —concluí ante el hombre que dormitaba.
Entre
cabeceadas murmuró.
—Esperemos,
sí, que pronto la ciencia y la tecnología estén tan arraigadas entre la
población que sea común ver estaciones con nombres de científicos... y no
tantas con los de generales y santos. Es más, vamos a tratar este asunto ahora
mismo al lugar adecuado —concluyó, levantándose de un brinco y descendiendo del
vagón—. Llevaremos estas ideas al único sitio donde nos harán caso.
—¿Estación
Congreso de la Unión, licenciado? —pregunté.
—No. La
Villa.
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Hierro - Primo Levi
Por fuera de las paredes del Instituto Químico era de noche, la noche de Europa. Chamberlain había vuelto engañado de Munich, Hitler había entrado en Praga sin disparar un tiro, Franco había tomado Barcelona y se asentaba en Madrid. La Italia fascista, pirata menor, había ocupado Albania, y la premonición de la catástrofe inminente se condensaba como una rociada viscosa en las casas y por la calle, en las conversaciones cautelosas y en las conciencias adormecidas.
Pero dentro de aquellas gruesas paredes la noche no
penetraba. La misma censura fascista, obra maestra del régimen, nos mantenía
separados del mundo, en un blanco limbo de anestesia.
Una treintena de alumnos habíamos superado la dura
barrera de los primeros exámenes y habíamos sido admitidos en el laboratorio de
Análisis cualitativo de segundo curso.
Habíamos entrado en la amplia sala ahumada y oscura
como quien, al entrar en la Casa de Dios, va reflexionando sobre cada uno de
sus pasos. El laboratorio anterior, el del zinc, nos parecía ahora un ejercicio
infantil, como cuando de niño juega uno a las cocinitas; siempre, mal que bien,
se sacaba algo en limpio, tal vez de pobre rendimiento, o en estado poco puro,
pero había que ser un chapucero o un tío muy negado para no lograr sacar sulfato
de magnesio de la magnesita o bromuro de potasio del bromo.
Ahora no, ahora el asunto se ponía serio; la
confrontación con la Materia-Madre, con lamadre enemiga, era más dura y más
cercana. A las dos de la tarde, el profesor D., de aire distraído y ascético,
nos entregaba a cada uno un gramo exacto de determinado polvillo; para el día
siguiente teníamos que tener completo el análisis cualitativo, esdecir hacer un
informe de los metales y no-metales que contenía. Informar de ello por escrito,
en forma de atestado, de sí o no, porque las dudas y las vacilaciones no se
admitían. Se trataba en cada caso de una alternativa, de una deliberación; era
una empresa madura y responsable para la cual el fascismo no nos había
preparado y que exhalaba un buen olor, limpio y seco.
Había elementos fáciles y francos, incapaces de
esconderse, como el hierro y el cobre, otros insidiosos y fugitivos como el
bismuto y el cadmio. Existía un método, un plan trabajoso y anticuado de
investigación sistemática, una especie de peine o de rodillo apisonador al que
nadie, en teoría, podía escapar; pero yo prefería inventarme cada vez el camino
a seguir, a base de rápidas y extemporáneas incursiones de guerrillero, en vez
de la extenuante rutina de una guerra organizada: sublimar el mercurio en
gotitas, transformar el sodio en cloruro y reconocerlo en tabletas hojaldradas
bajo el microscopio. De una manera o de otra, aquí las relaciones con la Materia
cambiaban y se volvían dialécticas; era un combate de esgrima, una partida a
jugar entre dos. Dos adversarios desiguales; de una parte, para formular
preguntas, el químico desplumado e inerme, con el libro de texto de Autenrieth
como único aliado (porque D., cuyo socorro se reclamaba con frecuencia en los
casos difíciles, mantenía una escrupulosa neutralidad, o sea que se negaba a
pronunciarse; actitud muy sabia, ya que todo aquel que se pronuncia puede
equivocarse, y un profesor no debe equivocarse); de otra parte, para responder
a base de enigmas, la Materia con su pasividad socarrona, vieja como el Todo y
portentosamente rica en trucos, solemne y sutil como la Esfinge. Estaba
empezando yo por entonces a deletrear el
alemán, y me encantaba la palabra Urstoff (que
significa Elemento: literalmente Sustancia primigenia) y el prefijo Ur que aparecía
en ella y que expresa precisamente origen antiguo, lejanía remota en el espacio
y en el tiempo.
Tampoco aquí había gastado nadie mucha saliva para
enseñarnos a defendernos de los ácidos, de los cáusticos, de los incendios ni
de las explosiones; era como si, de acuerdo con la ruda moral del Instituto, se
contase con el proceso de la selección natural para elegir entre nosotros los
más adecuados a la supervivencia física y profesional. Campanas de humos había
pocas, así que cada cual en el curso del análisis sistemático y siguiendo las
prescripciones del texto, dejaba evaporar concienzudamente por el aire una
buena dosis de ácido clorhídrico y de amoniaco, por cuya razón en el
laboratorio se estancaba permanentemente una densa niebla blanquecina de cloruro
amónico, que se depositaba sobre los cristales de las ventanas en minúsculos
cristalitos brillantes. A la habitación del ácido sulfhídrico, de atmósfera
letal, se retiraban las parejas deseosas de intimidad y algún solitario a
comerse su merienda.
A través de la neblina y en el atareado silencio, se
oyó una voz con acento piamontés que decía: «Nuntio vobis gaudium magnum.
Habemus ferrum». Corría el mes de marzo de 1939, y pocos días antes, con un
anuncio de idéntica solemnidad («Habemus Papam») se había disuelto el cónclave
que entronizaba en la Sede de San Pedro al cardenal Eugenio Pacelli, en el cual
muchos confiaban, porque en algo o en alguien había que confiar, después de
todo. Quien había pronunciado la sacrílega frase era Sandro, el taciturno.
En nuestro grupo, Sandro era un solitario. Era un
chico de mediana estatura, delgado pero musculoso, que no llevaba nunca abrigo,
ni siquiera en los días más fríos. Venía a clase con unos pantalones de pana
muy gastados, medias de sport de lana tosca, y a veces una esclavina negra que
me recordaba a Renato Fucini. Tenía unas manos grandes y callosas, un perfil
huesudo y áspero, la cara curtida por el sol y una frente estrecha bajo la
franja del pelo, que llevaba cortado a cepillo; caminaba con el paso largo y
lento de los campesinos.
Hacía pocos meses que se habían proclamado las leyes
racistas, y también yo estaba empezando a volverme muy solitario. Los
compañeros cristianos eran gente educada, ninguno entre ellos ni entre los
profesores me había dirigido una palabra o un gesto hostil, pero los sentía
alejarse y, siguiendo un antiguo modelo de comportamiento, yo también me
alejaba. Cada mirada cambiada entre ellos y yo iba acompañada de un relámpago,
minúsculo pero perceptible, de desconfianza y recelo. ¿Qué piensas de mí? ¿Qué
soy para ti yo? ¿El mismo de hace seis meses, un semejante tuyo que no va a
misa, o el judío que «no se ha de reír de vosotros entre vosotros»?
Había observado, con estupor y alegría, que entre
Sandro y yo estaba naciendo algo. No era en absoluto la amistad entre dos seres
afines. Al contrario, la diversidad de nuestros orígenes nos hacía ricos en
«mercancía de intercambio», como dos comerciantes que se encuentran, llegando
de comarcas remotas y mutuamente desconocidas. No se trataba ni siquiera de la
intimidad portentosa y a la vez normal que se da entre gente de veinte años; a
ésa con Sandro no llegué nunca. Me di cuenta pronto de que era generoso, sutil,
tenaz y valiente, incluso con una punta de insolencia; pero tenía un talante
reservado y agreste, por lo cual, a pesar de que estábamos en esa edad en que
se siente la necesidad, el instinto y el impudor de soltarse unos a otros todo
cuanto hormiguea en la cabeza y en otros sitios (y es una edad que puede durar
bastante, pero que termina con el primer compromiso), nada se dejaba traslucir
por fuera de su envoltura de comedimiento, nada de su mundo interior, que se
adivinaba sin embargo denso y fértil, a no ser alguna rara alusión
dramáticamente truncada. Era de la condición de los gatos, con los cuales se
puede convivir durante decenios sin que nunca le dejen a uno penetrar dentro de
su piel sagrada.
Teníamos muchas cosas que cedernos uno a otro. Le
dije que éramos como un catión y un anión, pero Sandro no pareció recibir bien
aquella comparación. Había nacido en la Sierra de Ivrea, tierra hermosa y
sobria; era hijo de un albañil, y en los veranos andaba de pastor. No pastor de
almas, pastor de ovejas. Y no llevado por una retórica de Arcadia ni por afán
de extravagancia, sino a gusto, por amor a la tierra y a la hierba, y por
abundancia de corazón. Tenía un especial talento mímico, y cuando hablaba de
vacas, de gallinas, de ovejas y de perros, se transfiguraba, se ponía a imitar
sus miradas, sus movimientos y sus voces, se volvía alegre y parecía
animalizarse, como por brujería. Me aleccionaba sobre plantas y animales, pero
de su familia hablaba poco. Su padre había muerto siendo él un niño, eran gente
sencilla y pobre, y habían decidido, ya que el chico parecía despierto, ponerlo
a estudiar para que trajese algún dinero a casa. Él había aceptado con la
seriedad de los piamonteses, pero sin entusiasmo. Había recorrido el largo
camino de la enseñanza primaria y el bachillerato sacando el máximo resultado
con el mínimo esfuerzo. Catulo y Descartes le traían sin cuidado, lo que le
importaba era sacar buenas notas y pasarse el domingo esquiando o trepando a la
montaña. Había elegido Química porque le parecía mejor que otros estudios: era
un oficio que trataba de cosas que se ven y se tocan, una forma de ganarse la
vida menos trabajosa que hacer de carpintero o de campesino.
Empezamos a estudiar Física juntos, y Sandro se
quedó estupefacto cuando traté de explicarle alguna de las ideas que
confusamente cultivaba yo por aquella época. Que la nobleza del Hombre,
adquirida tras cien siglos de tentativas y errores, consistía en hacerse dueño
de la materia, y que yo me había matriculado en Química porque me quería
mantener fiel a esta nobleza. Que dominar la materia es comprenderla, y
comprender la materia es preciso para conocer el Universo y conocernos a
nosotros mismos, y que, por lo tanto, el Sistema Periódico de Mendeleev, que
precisamente por aquellas semanas estábamos aprendiendo a desentrañar, era un
poema, más elevado y solemne que todos los poemas que nos hacían tragar en
clase; pensándolo bien hasta rima tenía. Que si buscaba el puente, el eslabón
que faltaba, entre el mundo de los papeles y el mundo de las cosas, no tenía
necesidad de ir muy lejos a buscarlo: estaba allí, en el Autenrieth, en
aquellos laboratorios nuestros llenos de humo, y en nuestro futuro oficio.
Y por fin, y sobre todo, él, como un chico honrado y
abierto que era, ¿no sentía, apestando el cielo, el hedor de las verdades
fascistas, no percibía como una ignominia el hecho de que a un ser pensante le
exigieran que creyera sin pensar? ¿No sentía desprecio por todos los dogmas,
por todos los asertos no demostrados, por todos los imperativos? Sí, lo sentía.
Y entonces ¿cómo podía dejar de sentir en nuestro estudio una dignidad y una
majestad nuevas, cómo podía ignorar que la Química y la Física de las que nos
nutríamos, además de alimentos vitales por sí mismos, eran el antídoto contra
el fascismo que él y yo estábamos buscando, porque eran claras, distintas,
verificables a cada paso, en lugar de un amasijo de mentiras y de vanidad, como
la radio y los periódicos?
Sandro me escuchaba con una atención irónica,
siempre dispuesto a desarmarme con un par de palabras secas y educadas cuando
me propasaba en la retórica. Pero algo estaba madurando en él (y el mérito, por
supuesto, no era sólo mío; eran meses llenos de acontecimientos fatales), algo
que le perturbaba porque era al mismo tiempo nuevo y antiguo. Él, que hasta
entonces no había leído más que a Salgari, London y Kipling, se convirtió de
repente en un lector furibundo; todo lo digería y lo recordaba, y todo en él se
ordenaba espontáneamente como sistema de vida; además, empezó a estudiar, y su
nota media subió de aprobado a sobresaliente. Al mismo tiempo, por inconsciente
gratitud o tal vez también por deseo de revancha, le dio a su vez por ocuparse
de mi educación, y me hizo comprender que tenía muchas lagunas. Podía incluso
tener razón yo, podía ser que la Materia fuese nuestra maestra y quién sabe si
también, a falta de cosa mejor, nuestra escuela política; pero él tenía otra
materia hacia la que conducirme, otra profesora: no los polvitos del
laboratorio de Análisis Cualitativo, sino la verdadera, la auténtica e
intemporal Urstoff, las rocas y el hielo de las montañas vecinas. Me demostró
sin gran dificultad que yo era un indocumentado para ponerme a hablar de la
materia. ¿Qué comercio, qué intimidad había tenido yo hasta entonces con los
cuatro elementos de Empédocles? ¿Sabía encender una estufa? ¿Vadear un
torrente? ¿Conocía la tormenta en la cima de una montaña? ¿El germinar de las
semillas? No. Por lo tanto también él
tenía algo vital que enseñarme.
Nació una asociación, y empezó para mí una temporada
frenética. Sandro parecía hecho de hierro, y estaba vinculado al hierro por un
parentesco antiguo. Me contó que los padres de sus padres habían sido
caldereros («magnín») y herreros («fré») en los valles canaveses. Fabricaban
clavos en la forja de carbón, le ponían cerco a las ruedas de los carros con un
aro al rojo vivo, golpeaban la chapa de hierro hasta ensordecer; y a él mismo,
cuando descubría en la roca la veta roja del hierro, le parecía reencontrar a
un amigo. Cuando el invierno se le echaba encima, ataba los esquís a la
bicicleta oxidada, salía muy temprano y pedaleaba hasta llegar a la nieve, sin
dinero, con una alcachofa en un bolsillo y el otro lleno de lechuga; volvía de
noche o a veces al día siguiente, durmiendo en los pajares, y cuanta más hambre
y más tormentas había padecido, más contento estaba y con mejor salud.
En verano, cuando salía solo, muchas veces se
llevaba consigo al perro para que le hiciese compañía. Era un perrucho
callejero amarillento y de aire encogido. De hecho, según me contó Sandro,
haciendo a su manera la imitación de episodio canino, cuando era cachorro había
tenido una aventura desgraciada con una gata. Se había acercado demasiado a la
carnada de gatitos recién nacidos, la gata se había enfadado, había empezado a
resoplar y se había erizado toda; pero el cachorro, que todavía no había aprendido
el significado de estos síntomas, se había quedado allí como un tonto. La gata
se había echado a él, lo había perseguido, dado alcance y ara
ñado en el hocico. Al perro aquello le había
acarreado un trauma permanente. Se sentía deshonrado, así que Sandro le había
hecho una pelota de trapo, le había dicho que era un gato, y todas las mañanas
se la ponía delante para que se vengase en ella de la afrenta y reivindicase su
honra canina. Por los mismos motivos terapéuticos, Sandro se lo llevaba a la montaña
para que se desahogase. Lo ataba a un extremo de la cuerda, se ataba él mismo
al otro, dejaba al perro bien tumbado en un saliente de la roca y se ponía a
escalar. Cuando la cuerda se acababa, lo subía con cuidadito, y el perro había
aprendido aquello, y avanzaba con el hocico para arriba y las cuatro patas
contra la pared casi vertical, aullando bajito, como en sueños.
Sandro escalaba la montaña más a base de instinto
que de técnica, confiando en la fuerza de sus manos, y saludando burlonamente,
en los trozos de roca a que se agarraba, el silicio, el calcio y el magnesio
que había aprendido a reconocer en el curso de mineralogía. Le parecía haber
perdido el día si no había agotado de alguna manera sus reservas de energía, y
entonces hasta su mirada era más viva. Me explicó que, haciendo vida
sedentaria, se le forma a uno un depósito de grasa por detrás de los ojos, que
no es sano; cansándose, la grasa se disuelve, los ojos retroceden al fondo de
las órbitas, y se vuelven más penetrantes.
De sus impresiones hablaba con suma parquedad. No
era de la raza de esos que hacen las cosas para poderlas contar (como me pasaba
a mí); no le gustaban las grandes palabras, ni siquiera las palabras. Parecía
que tampoco de dialéctica, como de alpinismo, hubiera recibido lecciones de
nadie; hablaba de una forma que no es corriente; decía sólo el meollo de las
cosas.
Se llevaba por si acaso treinta kilos de saco, pero
en general iba sin nada; le bastaba con los bolsillos y la verdura que, como he
dicho, llevaba en ellos, con un trozo de pan, un cuchillito, a veces la guía
alpina, muy manoseada, y siempre una madeja de alambre para reparaciones de
emergencia. La guía, por otra parte, no la llevaba porque tuviese fe en ella,
todo lo contrario. La rechazaba por considerarla una atadura, es más, como una
criatura bastarda, un híbrido detestable de papel, nieve y roca. La llevaba de
excursión para vilipendiarla, feliz cuando podía pillarla en un error, ya fuera
a sus propias expensas o a las de sus compañeros de ascenso. Podía estar
andando dos días sin comer, o meterse en el cuerpo tres comidas juntas y luego
salir. Para él todas las estaciones eran buenas. El invierno para esquiar, pero
no en las estaciones lujosas y mundanas, de las que huía con lacónico
desprecio. Demasiado pobres para poder comprarnos las pieles de foca para la
subida, Sandro me había enseñado a coser telas de cáñamo tosco, materiales espartanos
que absorben el agua y luego se congelan como merluzas, y en las bajadas hay
que atárselos a la cintura. Me arrastraba a caminatas agotadoras sobre la nieve
reciente, lejos de cualquier rastro humano, siguiendo itinerarios que parecía
intuir como un salvaje. Y en verano, de refugio en refugio, emborrachándonos de
sol, de cansancio y de viento, limándonos las yemas de los dedos contra rocas
jamás tocadas por la mano del hombre. Pero no por subir a las cimas famosas ni
en busca de empresas memorables; a él de todo eso no le importaba nada. Le
importaba conocer sus propios límites, tomarse la medida y mejorar. Más
oscuramente sentía la necesidad de prepararse (y prepararme a mí) para un
porvenir de hierro, que se iba acercando por meses.
Ver a Sandro en la montaña le reconciliaba a uno con
el mundo y le hacía olvidar la pesadilla que gravitaba sobre Europa. Era su
sitio, aquel para el que estaba hecho, como las marmotas cuya expresión y
silbido imitaba. La montaña le hacía feliz, con una felicidad muda y
contagiosa, como una luz que se encendiera. Suscitaba en mí una comunión nueva
con el cielo y la tierra, en la cual confluían mi necesidad de libertad, la
plenitud de mis fuerzas y el hambre de entender las cosas, todo lo que me había
empujado hacia la química. Salíamos con el alba, frotándonos los ojos, por el
portillo del campamento Martinotti, y allí alrededor estaban, apenas tocadas
aún por el sol, las montañas cándidas y oscuras, nuevas como recién creadas por
la noche apenas desvanecida, y al mismo tiempo incalculablemente antiguas. Eran
una isla, un más allá.
Por otra parte, no siempre hacía falta subir muy
alto ni ir muy lejos. En las estaciones de transición, el reino de Sandro eran
los gimnasios de montaña. Hay varios, a dos o tres horas de bicicleta de Turín,
y sería interesante saber si siguen siendo frecuentados: los Picos del Pagliaio
con el Torreón Wolkmann, los Dientes de Cumiana, Roca Patanüa (que quiere decir
Roca
Desnuda), el Plô, el Sbarüa, y alguno más, todos de
nombre casero y modesto. El último, el
Sbarüa, creo que fue descubierto por el propio Sandro
o por un mítico hermano suyo, a quien Sandro no me presentó nunca pero que, a
juzgar por sus escasas alusiones, debía relacionarse con él como él se
relacionaba con el común de los mortales. Sbarüa es un derivado de
«sbarüé», que significa «atemorizar». El Sbarüa es
un prisma de granito que sobresale como unos cien metros de una modesta colina
hirsuta de zarzas y de árboles para leña. Igual que el Viejo de Creta, está de
la base a la cumbre rajado por una hendidura que a medida que asciende se va
haciendo cada vez más estrecha, hasta obligar al alpinista a salir a la pared
de la roca, donde se asusta, claro, y donde existía en esa época un único
clavo, dejado allí caritativamente por el hermano de Sandro.
Eran aquellos unos lugares curiosos, frecuentados
por unas pocas decenas de aficionados de nuestro estilo, y a todos los cuales
conocía Sandro de nombre o de vista. Se ascendía, no sin problemas técnicos, en
medio de un molesto zumbar de moscardas atraídas por nuestro sudor,
encaramándose por muros de piedra firme interrumpidos por rellanos cubiertos de
hierba donde crecían helechos, fresas o en otoño moras. No era raro aprovechar como
apoyo los troncos de algún arbolillo precario arraigado en las grietas; y se
llegaba después de unas horas a la cima, que no era propiamente una cima, sino
casi siempre un plácido pastizal donde las vacas nos miraban con ojos
indiferentes. Luego se bajaba a prisa y corriendo, en pocos minutos, por senderos
plagados de estiércol vacuno y reciente, a recoger nuestras bicicletas.
Otras veces eran empresas más comprometidas; nunca
tranquilas evasiones, porque Sandro decía que para mirar el paisaje ya
tendríamos tiempo a los cuarenta años. «Dôma, neh?» —me dijo un día de febrero—.
En su idioma, quería decir que si hacía bueno, aquella tarde podríamos
emprender la ascensión invernal del Diente de M., que teníamos programada desde
hacía varias semanas. Dormimos en una posada y salimos al día siguiente, no demasiado
temprano, a una hora imprecisa (a Sandro no le gustaban los relojes, sentía su
tácita y continua amonestación como una intrusión arbitraria); nos internamos
altaneramente en la niebla, y salimos de ella hacia la una, con un sol
espléndido, a la enorme cresta de una cima, que resultó no ser la buena.
Entonces yo dije que podíamos volver a bajar unos
cien metros, cruzar a mitad de la cuesta y volver a subir por la próxima
pendiente; o mejor todavía, ya que estábamos allí, seguir subiendo y
contentarnos con la cima equivocada, que después de todo solamente era cuarenta
metros más baja que la otra. Pero Sandro, con maravillosa mala fe, dijo en
pocas pero densas palabras que no le parecía mal mi última proposición, pero
que luego, «por la fácil cresta noroeste» (era ésta una cita sarcástica de la
ya citada guía alpina) llegaríamos lo mismo, en media hora, al Diente de M.; y
que no valía la pena tener veinte años si no se podía uno permitir el lujo de
equivocarse de camino.
La fácil cresta puede que fuera fácil o incluso
elemental en verano, pero nosotros la encontramos en malas condiciones. La roca
estaba mojada por la vertiente que daba al sol y cubierta por una negra capa de
hielo en la vertiente de sombra. Entre un saliente de piedra y otro había
montones de nieve sucia en la que se hundía uno hasta la cintura. Llegamos a lo
alto a las cinco, yo tirando del cuerpo que daba pena y Sandro presa de una
siniestra hilaridad que a mí me pareció irritante.
— ¿Y para bajar?
— Para bajar ya veremos — contestó.
Y añadió misteriosamente:
— Lo peor que nos puede ocurrir es que tengamos que
probar la carne de oso.
Pues la probamos, sí señor, la carne de oso, a lo
largo de aquella noche que se nos hizo interminable. Bajamos en dos horas,
ayudados malamente por la cuerda, que se había helado; se había convertido en
un maligno enredijo tieso que se enganchaba en todos los salientes y hacía
ruido contra la roca como el cable de un funicular. A las siete estábamos a
orillas de un pequeño lago helado, y estaba oscuro. Comimos lo poco que nos
había sobrado, construimos un inconsistente murito contra la parte del viento y
nos echamos a dormir en el suelo, apretados el uno contra el otro. Era como si también
el tiempo se hubiera congelado. Nos poníamos de pie de cuando en cuando para
reactivar la circulación, y seguía siendo la misma hora, y el viento seguía
soplando, y seguía viéndose un espectro de luna, siempre en el mismo punto del
cielo y, delante de la luna un cortejo fantástico de nubes en jirones, siempre
las mismas. Nos habíamos quitado los zapatos, como aconsejan los libros de
Lammer, tan queridos por Sandro, y teníamos los pies metidos en sacos. Al
primer resplandor fúnebre, que parecía venir de la nieve y no del cielo, nos
levantamos con los miembros anquilosados y la mirada desorbitada por la falta
de sueño, el hambre y la dureza del lecho; y encontramos los zapatos tan
sumamente helados que sonaban como campanas y para ponérnoslos tuvimos que
incubarlos igual que hacen las gallinas. Pero volvimos al valle por nuestros propios medios, y
al posadero, que nos preguntaba riendo que cómo lo habíamos pasado mientras
miraba de reojo nuestras caras de loco, le contestamos descaradamente que
habíamos hecho una excursión preciosa, pagamos la cuenta y nos fuimos con toda dignidad.
Aquella era la carne del oso. Y ahora que han pasado tantos años, me arrepiento
de haber comido poca, porque entre todo lo que la vida me ha concedido de
bueno, nada ha tenido ni de lejos el sabor de aquella carne, que es el sabor de
sentirse fuertes y libres, libres incluso de equivocarse, y dueños del propio
destino. Por eso le estoy agradecido a Sandro, por haberme metido
deliberadamente en apuros, tanto en aquella ocasión como en otras empresas
solamente insensatas en apariencia, y sé con toda seguridad que más tarde me han
servido de mucho.
En cambio a él no le han servido, o no por mucho tiempo.
Sandro era Sandro Delmastro, el primer caído del Comando Militar Piamontés del Partido
de Acción. Después de unos pocos meses de extrema tensión, en abril de 1944 fue
hecho prisionero por los fascistas, no se rindió e intentó fugarse de la Casa Littoria
de Cuneo. Murió de una descarga de metralleta en la nuca, disparada por un
monstruoso niño-carnicero, uno de aquellos desgraciados esbirros de quince años
que la República de Salò había reclutado en los reformatorios. Su cuerpo
permaneció mucho tiempo abandonado en medio del camino, porque los fascistas
habían prohibido a la población darle sepultura.
Hoy sé que es una empresa sin esperanza recubrir a
un hombre de palabras, hacerlo revivir en una página escrita, y particularmente
a un hombre como Sandro. No era de esas personas de las que se pueden contar
cosas o a las que se pueden levantar monumentos, con lo que él se reía de los monumentos.
Vivía por entero en sus acciones, y una vez terminadas éstas, de él ya no queda
nada. Nada más que las palabras, precisamente.
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