El
diputado estuvo de acuerdo: se cambiaría el nombre de la estación Polanco del
Metro por estación Pasteur. No encontraba inconveniente: además de que en esa
colonia hay una estatua del científico, no habría oposición por parte de los
escasos habitantes que le quedan: está casi convertida en centro comercial.
No tuve
que argumentar mucho para convencerlo de honrar así la memoria del científico
francés, conocido por haber descubierto la vacuna contra la rabia, pero también
por habernos abierto los ojos a un nuevo mundo, no lejano, no del otro lado de
algún océano, sino entre nosotros: el de los microbios.
Le dije
que gracias a la obra de Pasteur se inició a mediados del siglo XIX una
ciencia: la microbiología, y con ella, el descubrimiento de células con vida
propia en un mundo microscópico. Un mundo minúsculo que convive entre nosotros,
y que descubriríamos con tan sólo echar una mirada con microscopio al tubo del
que se sostienen todos los que van parados en este vagón. Ese tubo, y el suelo,
el aire, la tierra, los mares, en fin, todo lo que nos rodea, está poblado por
millones de estas especies. Al oír esto, el diputado dijo que para eliminar
bacterias, hongos, levaduras y demás bichitos había que lavarse muy bien las
manos.
Hoy se
sabe que algunos microorganismos aparecieron en la Tierra antes que nadie: los
llamados arquea. Se conocen poco, pues habitan en ambientes extremos: muy altas
temperaturas y presiones.
— ¿Más
altas que las del Metro? —preguntó el diputado.
—Mucho más
—le contesté—, como las que hay en las chimeneas termales que surgen del fondo
del mar, en los llamados géiseres o en los volcanes.
Y continué
con la justificación.
—A otros
los conocemos mejor, pues son en parte responsables de la inseguridad que
vivimos en el país: si nos descuidamos atentan contra nuestra vida, como por
ejemplo las bacterias patógenas, responsables de infecciones y enfermedades
como la peste, el ántrax, el cólera o la salmonelosis. Otras, por el contrario,
nos ayudan a sobrevivir en la tierra como las bacterias que trabajan en
nuestros intestinos ayudándonos en la digestión. ¿Sabía usted, diputado, que
hay más bacterias en nuestros intestinos que células en todo el cuerpo? Las que
limpian el agua y degradan la basura orgánica y, desde luego, las bacterias y
hongos que se emplean para producir medicamentos tan importantes como los
antibióticos. Finalmente otros microorganismos traen placer a nuestra
existencia, como las levaduras que descubrió Pasteur, que hacen el milagro
cotidiano de transformar el jugo de uva en vino o el extracto de cebada en
cerveza, sin olvidar a las que desde hace miles de años, en el antiguo Egipto,
iniciaron el diario trabajo de fermentar la masa de trigo para producir pan. La
humanidad debe vivir agradecida con todas las levaduras y bacterias que, como
descubrió Pasteur, transforman el azúcar en alcohol y el grano en pan.
Así, para
honrar este extraordinario fenómeno conocido como fermentación alcohólica, en
mis funciones de miembro de la Comisión Encargada de Ponerle Nombre a las
Estaciones (Cepone) hice otra propuesta al diputado, que a estas alturas se
había sentado junto a mí: que la estación Mixcoac, nombrada así en honor del
Señor de la Caza y de la Guerra, se cambiara por estación Mayahuel, en honor de
la lunar Señora del Pulque, resultado de la fermentación del aguamiel del
maguey. Se nombra fermentado al producto resultante de la acción de los
bichitos.
—¿Fermentado?
¿Cómo el tepache de la piña? —me preguntó el diputado, enderezándose en su
asiento con el dulce recuerdo—. Y, ¿qué tal estación Tepachitlán?
No le
contesté, sumido en mi reflexión. No alcanzarían las estaciones del metro para
honrar a todos los dioses de la Antigüedad relacionados de alguna manera con
las fermentaciones, a los productos de la fermentación o a los científicos
modernos que han domesticado a los microorganismos para ponerlos a nuestro
servicio e, incluso, han controlado a los más peligrosos para que no nos causen
daño. Pensé que, en este sentido, la estación Valle Gómez tiene un icono
hermoso: una planta de agave.
Hice
entonces una contrapropuesta.
— ¿Qué tal
cambiar la estación Valle Gómez por algo así como estación Tequila o estación
Agave? —Y fui más lejos. Le propuse involucrar a las empresas y privatizar la
estación para que se llamara estación Sauza, Cuervo o Herradura, todo en honor
de una planta que, gracias a la acción de las levaduras sobre el jugo de sus
piñas, ha dado renombre internacional al país, y a nosotros nos ha hecho tan
machos.
El
ciudadano diputado y presidente de la Cepone, murmuró:
—Estás
como loco.
Y es que
aquella mañana había tomado el Metro desde la estación Universidad, ubicada en
la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), donde se gestó la idea de
éste y otros textos, como se han gestado muchas de las grandes ideas científicas
y culturales que han transformado a nuestro país. El objetivo era escribir
sobre la biotecnología y los alimentos resultados de los más recientes avances
de la ciencia y la tecnología, en particular los relacionados con la ingeniería
genética. Para inspirarme, decidí dirigirme a cualquier estación del Metro que
llevara por nombre algo asociado con la ciencia y que no fuera Observatorio,
pues además de que me quedaba lejos, no era momento para mirar estrellas. Tardé
un tramo de la línea 3 en darme cuenta de una perturbadora noticia: he tomado
el Metro cientos de veces sin caer en la cuenta de que no existe una sola
estación que honre a algún científico, ya no digamos mexicano, ni siquiera
internacional. No existen las estaciones Darwin, Galileo, Newton ni Pitágoras.
Dejando de lado a los héroes que nos dieron patria, sólo encontré políticos,
generales, abogados, santos, santas y un par de poetas (sin incluir a Octavio
Paz).
Fue en ese
momento cuando escuché la voz del diputado por primera vez. Me dijo:
— ¿Y qué
hay con la estación Eduardo Molina, ingeniero mexicano que abordó el problema
del agua y del subsuelo en la capital; o qué con la estación Miguel Ángel de
Quevedo, el Apóstol del Árbol? —estación que había quedado atrás hace rato en
mi recorrido, al igual que muchos de los esfuerzos de ese personaje y de otros
ilustres ecólogos por la preservación de la flora del país, en particular de
los árboles de la capital.
Tuve que
confesar al diputado que, si bien era un merecido reconocimiento, no estaba ni
cercano a lo que yo planteaba. De hecho, la frustración de no poder inspirarme
como deseaba me había hecho cerrar los ojos y recargar la cabeza en la
ventanilla, dejándola libre de movimiento. Después de unos minutos de rebotes,
y de aspirar los extraños olores del vagón, entré en esto que denominan estado
de conciencia alterada, es decir, entre que estaba y no estaba.
Y en este
estado de ensoñación conocí al diputado, que sin más preámbulos me invitó a
formar parte de la mencionada Cepone, presidida por él. La invitación no me
extrañó: todos los días me invitan a formar parte de comisiones en el mundo de
la ciencia y la tecnología, algunas de ellas muy extrañas y aburridas. Sin
embargo, ésta me resultaba de sumo interés: tenía como objetivo promover la
ciencia en el Metro, y de paso a los científicos, a través del nombre de las
estaciones. Curiosa coincidencia. El problema es que todas ya tenían uno.
El
diputado que, cosa rara, hablaba poco, sugería cambios que la población
recibiera con beneplácito. Lo paradójico fue que él mismo propusiera un cambio
para la estación Niños Héroes, ante las dudas acerca de la veracidad de la
legendaria historia que los rodeaba. Dijo no tener una opinión propia al
respecto, pero que se le había ocurrido sólo al pasar en ese momento por ahí.
—¿Qué tal
estación Fleming? —propuse.
—¿Cómo
crees? —contestó molesto—. No hay nombres de extranjeros en el transporte de la
capital.
—Entonces
estación Penicillium, en honor del hongo productor de penicilina que aisló
Alexander
Fleming en
1928—contrapropuse.
—¡Menos!
—me respondió—. Aquí nadie habla latín, y a mí todo lo que tiene que ver con la
peni me pone de nervios. Aunque
pensándolo bien —rectificó con una sonrisa dibujada en el rostro— podría ser
estación Penicilina, pues ese bendito medicamento me liberó de una penosa
enfermedad venérea. Y sí, la penicilina ha salvado y sigue salvando más vidas y
honores que los niños héroes —argumentó.
Además el
descubrimiento tiene el mérito de haber dado origen a la industria biotecnológica,
pues en la década de los cuarenta, durante la Segunda Guerra Mundial, fue
necesario producir en grandes cantidades la penicilina descubierta por Fleming
dos décadas atrás. Para ello se diseñaron grandes tanques fermentadores, con
capacidad para contener cientos de miles de litros de caldos de cultivo con
azúcar y otros nutrimentos, gracias a los cuales el hongo crecería y, al
hacerlo, produciría la milagrosa sustancia. Hasta ese entonces, las
fermentaciones se hacían fundamentalmente en jugos de frutas o en leche, como
es el caso del vino, el tepache o el yogurt.
—¿Sabes
qué? — preguntó el diputado en tono que no era de pregunta, por lo que dejé que
continuara—, es políticamente peligroso. Para evitar que los familiares de los
niños vayan a hacerme un plantón en San Lázaro, mejor usemos la estación
Escuadrón 201, que sea ésta la que ceda su nombre a la estación Penicilina.
Nada tonto
el diputado: las infecciones causaron más bajas en los primeros años de la
Primera Guerra Mundial que las balas. De hecho, hasta la fecha la penicilina ha
salvado más seres humanos que cualquier otro medicamento. Pero además, la
industria biotecnológica a la que dio origen produce hoy, mediante diversos
microorganismos creciendo en inmensos fermentadores, no sólo penicilina o bebidas
alcohólicas, también muchos otros antibióticos, vitaminas, vacunas, enzimas
como las de los detergentes biológicos, levaduras para panificación, vinagre,
gomas y muchas sustancias importantes para la medicina y la alimentación.
—Otra
opción es hacer pequeños cambios —sugerí—. Si ya no hay rastro en Ferrería,
podemos dejar el logotipo de la vaquita pero cambiarle de nombre por Oaxaca o
Chihuahua, no tanto por los estados sino por sus quesos, otro extraordinario
producto de la biotecnología —expliqué al diputado—. Para hacer queso del
bueno, además de la leche, es necesario sacrificar a las terneras para extraer
de uno de sus estómagos un menjurje que todos conocemos como cuajo.
—¿Pues
cuántos estómagos tienen?, —preguntó sorprendido.
—Cuatro, ¿no
ve que son rumiantes?, —le contesté. Y continué—. El cuajo es en realidad una
enzima, y las enzimas son proteínas que permiten que las reacciones químicas se
lleven a cabo rápidamente, es decir, actúan como catalizadores. Todos y cada
uno de los cambios químicos en las células, se llevan a cabo gracias a las
enzimas. Por ejemplo, las enzimas de nuestro estómago y páncreas desdoblan los
alimentos que consumimos hasta sus elementos más básicos para que podamos
asimilarlos y, a partir de éstos podamos, con otras enzimas de nuestras
células, construir todo lo que nuestro cuerpo requiere, incluida la energía
necesaria para poder entrar y salir de los vagones del Metro. Pero volviendo a
las terneras, la enzima que tienen en su cuarto estómago se conoce como quimosina
y con ella se logra que cuaje la leche, primera etapa en la producción de
queso.
—¡Ha de
haber muchas terneras como para hacer el queso de todas las quesadillas que se
consumen en un solo día en este país! —calculó sorprendido el diputado.
—Y no se le
olvide —añadí— que el queso es un alimento de consumo universal, por lo que
obviamente no alcanzan las terneras. Por esta razón desde hace décadas se
desarrollaron sustitutos, entre ellos el llamado cuajo microbiano, con enzimas
que se obtienen a partir del crecimiento de ciertos hongos y bacterias y que,
por lo mismo, son mucho más baratas y accesibles que el cuajo.
—¿Y qué
hay de nuevo en esto? —preguntó ya un tanto ansioso.
—¡Péreme!,
para allá voy. Sucede que desde principios de la década de 1990, gracias a la
ingeniería genética, se logró producir con una bacteria transgénica un cuajo
igual al que se extraía de la ternera. A esta bacteria se le introdujo en sus
genes el pedazo preciso de información de los genes de la vaca, lo requerido
para hacer la proteína del cuajo. Así, al crecer en un tanque, la bacteria se
encuentra con esta nueva orden genética, misma que obedece sin chistar, a pesar
de no ser vaca y para beneficio de nuestro paladar (y alivio de las mamás de
las terneras). Hoy, muchos aditivos y alimentos transformados industrialmente
se elaboran con enzimas transgénicas, como la glucosa, la fructosa y otros
edulcorantes, como el aspartame que encontramos en los refrescos de dieta, y
los productos derivados de almidones, como las ciclodextrinas, o de aceites,
emulsificantes, sustitutos de grasa y margarinas, por citar algunos ejemplos.
Dado el
poco interés del diputado en mi propuesta volví a mis reflexiones. Las
estaciones estaban invadidas por las cadenas de comida rápida, prototipo de la alimentación
extranjera; tratándose de alimentos, bien podría hacerse un esfuerzo de
carácter nacional que promoviera nuestra cultura alimentaria, la modernizara y protegiera
la dieta del mexicano. Ese esfuerzo debería incluir el uso de la ciencia para
nuestro beneficio. Como el asunto éste de los transgénicos, que tanto se ha
debatido. ¿Qué comer? Ésa era la gran pregunta.
—Ya hace
hambre —comentó el diputado, echándole un ojo a mi plano del Metro—. Mira, ¿qué
tal unos Chabacanos o unos Camarones? —preguntó con antojo, señalando el icono
de las estaciones correspondientes.
—Hace
mucho que en esa zona se acabaron los chabacanos y los camarones —le informé—.
Mejor regresemos a Salto del Agua y nos vamos a la Merced. Es la estación ideal
para hablar de alimentos.
Al llegar
constaté que la única forma de leer en esta zona del Metro es cuando el libro
está escrito en el techo, pues sólo los que van sentados tienen posibilidades
de mover las manos. Eso sí, el olor a moles, canela, orégano, pimienta y otras
especias se intercambia dentro del vagón con otros menos deseables. Recorrer la
Merced lo deja a uno con la sensación de que no hay suficiente población para comer
tanto y tan variado. Ojalá fuera así: la verdad es que hay más de
800
millones de seres humanos con hambre en el planeta, y siguen esperando una adecuada
distribución de los alimentos. Pero eso no es el único problema: además, ¿cómo
haremos para alimentar a las futuras generaciones, si la población no deja de
crecer? El asunto es de enormes dimensiones políticas y económicas, y de
ninguna manera será resuelto sólo con tecnología, aunque es un hecho que
tampoco podrá ser solucionado sin la contribución de la ciencia, y en
particular de la biotecnología. La necesidad es clara: en terrenos cada vez más
erosionados hay que producir más alimentos, sin agregar sustancias químicas
peligrosas para la salud (plaguicidas e incluso fertilizantes) y aprovechando
al mismo tiempo todo lo que sabemos sobre los requerimientos nutrimentales de
la población. Además, hay cada vez menos agua. Es ahí donde la biotecnología,
esa poderosa herramienta, puede ayudarnos.
Mientras
tanto, aprovechando la abundancia del momento, nos habíamos sentado a comer en
un puesto de tacos. Viendo masticar al diputado, me imaginé a las células de
los vegetales siendo modificadas por sus dientes, pues ahora se puede modificar
genéticamente todo tipo de célula. Es así como surgieron las plantas
transgénicas. La primera planta transgénica fue aprobada en 1996: un tomate al
que, con el cambio de un gen, se le retrasó la maduración para evitar las
pérdidas por descomposición temprana del producto (léase apachurramiento),
causa por la cual se pierde una buena parte de la producción de frutas (échenle
una visitada al tiradero atrás del mercado de la Merced). En 2004, más de 8
millones de campesinos sembraron cultivos transgénicos en todo el mundo, en más
de 80 millones de hectáreas. Por mucho, el principal productor es Estados Unidos,
seguido de Argentina, Canadá, Brasil, China y nueve países más.
—¿Qué
cultivos? —preguntó el diputado sin dejar de masticar.
—Fundamentalmente
la soya, el maíz, la colza y el algodón. La soya es el más exitoso: más de la
mitad de la soya que se consume en el mundo está modificada genéticamente,
contra sólo 9% del maíz. En el caso del algodón, único cultivo que se ha
sembrado con regularidad en México (aunque se empieza a sembrar también soya),
20% es transgénico. Muchas de estas plantas tienen ahora el gen de una bacteria
que les permite producir una proteína que impide que los insectos se la coman. Si
lo hacen mueren. Es el mismo efecto que antes se lograba con el
DDT y
otros insecticidas, pero a diferencia de los plaguicidas, la proteína con la
que ahora se defienden las plantas es totalmente segura para los seres humanos.
—¿Y a qué
saben los genes? —insistió el diputado, volteando a ver lo que quedaba de su
taco, como si los buscara entre el jitomate, la lechuga o el pedazo de
costilla.
—A nada
—contesté—, y tampoco pasa nada por comer genes. Siempre que comemos un
alimento, cualquiera que éste sea, ingerimos también sus genes: vacas,
chapulines, pescados o cuitlacoche. Incluso un beso muy intenso provoca que
comamos los genes de nuestra pareja.
—Es cierto
—continué— que hasta ahora el mayor beneficio inmediato de las modificaciones genéticas
lo tienen las compañías que desarrollan y venden estas semillas y los
herbicidas, aunque a la par se da también para el agricultor, que requiere
menos sustancias químicas venenosas, y en consecuencia para el ambiente y para
la salud del consumidor. En el caso del cultivo del algodón en México, para citar
un ejemplo cercano, los productores del norte han reducido al mínimo la
aplicación de los insecticidas usados contra los gusanos chupadores, como el
“rozado”, que prácticamente se había chupado la economía de los productores.
Además, al no ser atacados por insectos, los cereales son menos susceptibles a
la contaminación con toxinas de hongos, sobre todo durante el almacenamiento.
La fumonisina, producida por el hongo
Fusarium
verticilloides, se encuentra dentro de los más potentes agentes cancerígenos
descubiertos hasta la fecha. Así, con el vegetal transgénico, el consumidor está
protegido no sólo de los insecticidas, sino también de esos poderosos e
invisibles contaminantes de efectos a largo plazo que son las toxinas de
hongos.
Y seguí
con mi argumento.
—También
es importante señalar que los vegetales transgénicos desarrollados hasta la
fecha no son adecuados para todos los sistemas de producción. Por ejemplo, en
el sur de México, donde existen muchas razas de maíz, no sabemos aún qué efecto
puede producirse al llevar nuevas variedades genéticas. Esta diversidad genética
podría verse afectada por la cruza de genes silvestres y criollos con genes de
semillas modernas. Este aspecto ha sido descuidado por décadas: se siembran
híbridos en cualquier parte. Sin embargo, en la actualidad es tema de estudio
de muchos grupos. Pero es importante considerar que la misma tecnología
permitiría desarrollar variedades de maíz adecuadas para zonas áridas donde el
agua es muy escasa (un problema que se avecina no sólo en México, sino en todo
el mundo), maíces transgénicos resistentes a suelos salinos o a plagas
específicas de ciertas regiones del país, por no hablar de los enriquecidos con
nutrimentos básicos.
Mientras
más reflexionaba sobre el maíz, más duro le entraba el diputado a los tacos, y
yo con él.
El atracón
fue tan fuerte que regresamos al Metro a dormir la siesta.
—Por lo
pronto —concluía ante el adormecido diputado—, esperemos que en el Metro
existan más estaciones Politécnico, Tecnológico, UAM, Universidad o Instituto
Mexicano del Petróleo, es decir, referentes a instituciones públicas capaces de
desarrollar tecnología y productos que respondan a las necesidades de la
población. Vea, por ejemplo, lo que han hecho en el Instituto Suizo de
Tecnología: crearon un arroz transgénico rico en vitamina A, gracias a la
incorporación de dos genes provenientes de la planta del narciso y de una
bacteria. En el sur de Asia, 70% de los niños menores de cinco años sufre de
deficiencias en vitamina A y, en total, el problema afecta a más de 500
millones de seres humanos en 100 países, causando ceguera, cuando no la muerte.
Un abasto suficiente de vitamina A evitaría más de un millón de muertes de
niños, librando de la ceguera a otros tantos miles. Este arroz, desarrollado en
una institución pública, contribuye a la solución de un grave problema de salud
entre los más desfavorecidos, aquéllos cuyo único alimento es un plato de
arroz. ¿Usted cree que no necesitamos eso en México? ¿Qué va a hacer la Cepone?
Vaya, ¿qué va a hacer el Congreso y el país en favor de la ciencia y de sus
instituciones públicas? —concluí ante el hombre que dormitaba.
Entre
cabeceadas murmuró.
—Esperemos,
sí, que pronto la ciencia y la tecnología estén tan arraigadas entre la
población que sea común ver estaciones con nombres de científicos... y no
tantas con los de generales y santos. Es más, vamos a tratar este asunto ahora
mismo al lugar adecuado —concluyó, levantándose de un brinco y descendiendo del
vagón—. Llevaremos estas ideas al único sitio donde nos harán caso.
—¿Estación
Congreso de la Unión, licenciado? —pregunté.
—No. La
Villa.