Hace dos
siglos la Revolución
francesa dio forma a un histórico signo de exclamación. Cambió la percepción
del mundo acerca de la monarquía absoluta, el nacionalismo, los derechos
humanos. Además coincidió, en el mejor momento, en el peor de los tiempos, con
una revolución en la química. La revolución francesa también afecto
críticamente, incluso mortalmente, las vidas de al menos dos de los tres
hombres quienes daban forma al cambio en la química.
Estos tres fueron Joseph Priestley,
Carl Wilhelm Scheele, y Antoine Lavoisier. La revolución química fue tan
complicada y variada como la francesa; asignarle una fecha precisa es tan
simplista como pensar que el mundo cambió el día que cayó la casi vacía
Bastilla. Los componentes de esa revolución química fueron el descubrimiento
del oxígeno y la naturaleza verdadera de la combustión, el concomitante fin de
la teoría del flogisto y la introducción esencial de las mediciones
cuantitativas precisas en la química.
El
escenario intelectual. Una teoría química dominante con un siglo de
aceptación: el flogisto de Stahl y Becher. El flogisto estaba definido como el
principio del fuego mismo, el que se entrega durante el proceso de combustión
de cualquier sustancia. Describía bien, metafóricamente, la naturaleza gastada
de la materia quemada.
Aire
y combustión. La indispensabilidad del aire para la combustión era bien
conocida. Había fuertes indicios de que el aire era una mezcla de gases, a
pesar de lo difícil que era creerlo, como lo era, de una sustancia tan
homogénea. Una vela encendida, o un animal vivo, agotaba el principio vital del
aire consumiendo solo la quinta parte de éste.
Medición.
Crítica por entonces, ciertamente fue un sello de la astronomía y la física,
sólo lentamente percibido como esencial para la experimentación química.
Joseph Priestley nació cerca de
Leeds, Inglaterra, en 1733. Fue un disidente de la religión. Creer como lo
hacía, siendo él uno de los fundadores del la Iglesia unitaria, que:
“…Jesús en su naturaleza era verdadera y solamente un hombre, sin embargo
altamente exaltado por Dios…” no lo hacía muy agradable a la cada vez más
predominante ortodoxia anglicana. Tampoco era bien visto que reivindicara los
reclamos de las colonias americanas en una época de combate independista, ni su
silencioso pero determinado apoyo a las conquistas de la Revolución francesa, ni
su admiración por los derechos humanos. La casa de reuniones de Priestley fue
incendiada por una turba en el segundo aniversario del Día de la Bastilla en 1791; tres
años después huyó a América, donde pasó los últimos diez años de su vida.
Iniciado tardíamente en la química,
Priestley llevaba a cabo sus experimentos en su casa o en una cervecería
pública cercana. Desarrolló un método prolijo para calentar intensamente
sustancias confinadas en un recipiente de vidrio, concentrando el calor del sol
con lentes. Un polvo rojo, mercurius
calcinatus per se (producido al calentar mercurio en aire, ahora conocido
como óxido de mercurio, HgO), calentando con su lente quemante, produjo el
primero de agosto de 1774 un gas que mantenía la combustión y la respiración de
ratones, y que probó ser el componente vital del aire. Priestley lo llamó aire
desflogistizado (porque incrementaba la combustión, deseaba flogisto), pero lo
que realmente había hecho fue producir oxígeno.
Priestley publicó su descubrimiento
rápidamente. Esta declaración describe su actitud hacia la experimentación y la
publicación:
cuando hice un descubrimiento,
no espere a perfeccionarlo con investigaciones más elaboradas, sino que lo
arrojé enseguida al mundo, para poder reclamarlo antes que alguien se me
anticipe. Sometí todo aquello que llegaba a mis manos a la acción del fuego o a
la de varios reactivos químicos, y los resultados fueron con frecuencia
afortunados en mostrar algún nuevo descubrimiento.
De hecho el gas había sido descubierto varios
años antes por Carl Wilhelm Scheele. Scheele nació en Stralsund en 1742, una de
las mayores ciudades hanseáticas en Pomerania, en la costa norte de Alemania.
La ciudad estaba aún en manos suecas en aquel tiempo, casi un siglo después de
que se volvió sueca luego de la
Guerra de los Treinta Años. Scheele, probablemente de origen
alemán, fue aprendiz de un boticario en Gotemburgo a los catorce años, y
permaneció con esa vocación en Suecia toda su vida. En gran arte de Europa a un
farmacéutico se le llama químico, evidencia del histórico lazo cercano entre
las dos profesiones. Scheele fue realmente un maravilloso químico, descubridor
de muchos ácidos: del cianuro de hidrógeno, del fluoruro de hidrógeno y del
sulfuro de hidrógeno (todos los cuales él olfateó y probó, sin duda
contribuyendo a su temprana muerte); y de los elementos manganeso, oxígeno,
molibdeno y cloro. Sin embrago, el crédito por el descubrimiento de los
elementos fue para otros, una historia instructiva en cada caso.
Scheele produjo oxígeno descomponiendo una
variedad de sales, incluyendo el mismo óxido de mercurio que le sirvió a
Priestley. Lo hizo, utilizando el tiempo libre como asistente en la botica,
entre uno a cuatro años antes que el ministro inglés lo hiciera. Scheele llamó
al oxígeno eldsluft, aire de fuego, aër nudus, o aër purus. Su descubrimiento era conocido por la comunidad de
Uppsala, pero para ponerlo por escrito o en un registro impreso, Scheele se vio
en problemas. Primero, se tomó su tiempo (a diferencia de Priestley) para
escribir un libro. Luego enfrentó a un publicista que nunca terminaba su
trabajo, una persona en quien no confiar –no hay nada nuevo en esto. Y
finalmente, tuvo que esperar por el tardío prefacio de una autoridad, el gran
químico sueco de su tiempo, Torbern Bergman. El libro no apareció sino hasta el
verano de 1777, dos años después de la publicación de Priestley, y al menos
cuatro años después del descubrimiento de Scheele. Casualmente, Scheele, al
igual que Priestley, era un partidario de la teoría del flogisto.
Antoine Laurent Lavoisier nació un año después
que Scheele. Trabajador y versátil, trajo la medición precisa a la química. La
balanza de la ciencia, como la balanza en las manos de la justicia, sería su
instrumento –y no una sola balanza. Lavoisier tenía varias, cada una
cuidadosamente adecuada para cubrir un amplio rango de pesos, cada una con
mayor precisión y exactitud. A través de una serie de cuidadosas pesadas y de
experimentos que ingeniosamente aislaban el sistema bajo estudio (un diamante
en una campana de vidrio, su asistente en una bolsa de seda, mercurio calentado
a ebullición), él demostró la indestructibilidad de la materia. Las cosas
ciertamente cambian, pero nada se pierde, nada se crea en una reacción química.
Priestley llegó a París en octubre de 1774 y le
habló a Lavoisier de sus experimentos
para hacer aire desflogistizado. Lavoisier los repitió, los hizo más
precisos. Fue el primero en entender claramente que el oxígeno era el elemento
esencial en la combustión; fue también el que le puso el nombre “oxígeno” (del
griego, significa “formador de ácidos”). La combustión (y la reparación) era
una combinación con oxígeno, con el consiguiente incremento del peso. La teoría
del flogisto, que trataba de zafarse de esta ganancia de peso postulando una
masa negativa para el principio del fuego, era ya insostenible; el aire no la
soportaba. Lavoisier dio a Priestley muy poco crédito. Yo sospecho que el
descubrimiento de Priestley (interpretado por el mismo Priestley en términos de
la fallida teoría del flogisto, el político radical era un conservador en la
química) fue un pequeño pero esencial incremento sobre el sistema que Lavoisier
ya venía construyendo desde hacía un tiempo. Él no se decidía, no en ese
momento, a articular su propia teoría. Y luego tuvo dificultades para manejar
el descubrimiento menos sistemático de Priestley que empujó su conocimiento (de
Lavoisier) más allá del punto de comprensión, hasta el punto de atreverse a
expresar dicho entendimiento.
Es interesante notar que Scheele comunicó su
descubrimiento del oxígeno en una carta personal a Lavoisier a principios de
octubre de 1774. era una ciencia competitiva incluso entonces.
El ambicioso Lavoisier contrajo matrimonio con
Marie Anne Pierrete Paulze de Chastenolles cuando ella tenía 13 años; después
ella estudio artes con J. L. David. Existe un asombroso retrato doble hecho por
David del señor y la señora Lavoisier, el que ahora se encuentra en el Museo
Metropolitano de Arte. La señora Lavoisier es la figura dominante en la
pintura. De hecho ella es una figura notable por su propia cuenta. Ilustró los
libros de Lavoisier y le ayudó a hacer funcionar su laboratorio. Once años
después de su muerte, ella se caso con otra figura carismática, el científico y
aventurero americano-británico-bávaro, Benjamin Thomson, conde de Rumford. A
traves de su matrimonio, Lavoisier llegó a tomar un puesto en la Ferme Générale, la agencia de
colección de impuestos del ancien régime.
Debido a ello, fue guillotinado a la edad de 50 años en el terror de 1794.
Quizás el hecho de que hubiera hecho público y expuesto como erróneas las
declaraciones científicas de Jean Paul Marat jugó una parte en su tragedia; la
acusación de Marat hacia Lavoisier es maliciosa.
¿Cuál es la lección de estas tres biografías
enlazadas por el oxígeno dador de vida, que la ciencia es internacional, que
depende de la ingeniosidad humana que puede operar en boticas o cervecerías,
que la comunicación abierta de los nuevos descubrimientos es crítica, que los
reclamos de prioridad nos dicen algo acerca de la naturaleza humana, y de la
reproducibilidad esencial de los hechos implícitos, que uno puede hacer ciencia
maravillosa desde un marco teórico erróneo? Todo esto y, lo más importante, que
la química esta firmemente contenida en el contexto de la sociedad. La química
puede desear aislarse a sí misma en rutilantes laboratorios. Pero el mundo se
introduce en el principio, en la mitad, en el final de la vida.
El lugar donde Scheele trabajó fue determinado
por una lucha por el poder europeo cientos de años antes de su nacimiento. Cómo
vivió (y que pudiera hacer química) fue consecuencia de las reglas de la
antiquísima profesión de los boticarios. Scheele se trasladó de Gotemburgo a
Malmo, de allí a Estocolmo, luego a Uppsala, y a la difícil y cosmopolita
Köping, siempre en busca de un lugar donde vivir. Perdió (solo por un tiempo)
su válido reclamo de haber descubierto el oxígeno debido a los procedimientos
del patrocinio y de la industria editorial.
Priestley abogó por el cambio social, por poner
el poder político en manos de la gente, y vio su trabajo científico
interrumpido como consecuencia. En el contexto de sus teorías químicas invocó
su conciencia social y escribió a Claude Berthollet; “Como un amigo de los
débiles, me he esforzado en dar a la teoría del flogisto un poco de ayuda.”
Y Lavoisier, a pesar de que no descubrió
“ningún cuerpo nuevo, ninguna nueva propiedad, ningún fenómeno natural
previamente desconocido” (para citar a Justus von Liebig), fue el que tuvo la
mayor influencia de los tres en nuestra ciencia, él, Lavoisier, murió en manos
de la perversión de la revolución que Priestley apoyaba, y por la cual este
último fue expulsado de su país de origen.
Nada se gana, nada se crea. Pero también, nada
es simple. Ni la combustión de una vela, ni la reparación de un ratón. Menos
aún lo son las preguntas sobre quien realmente descubrió el oxígeno, por qué la Revolución francesa
cambió, qué hubiera pasado si Lavoisier hubiera vivido más, y si Marat hubiera
sido mejor científico.
HOFFMAN, Roald. TORRANCE, Vivian. Química Imaginada: Refelxiones sobre la Ciencia. 1a, edición. México. Fondo de Cultura Económica, 2004. p. 83-88.

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